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Mamá, en el momento de un berrinche, primero hay que conectar y luego redirigir

Toddler
Foto: IG @eliana_montoya
Foto: IG @eliana_montoya

Cuando un niño está haciendo un berrinche o está experimentando una emoción intensa, lo que necesita es “sentirse sentido”, es sentirse contenido y acompañado… Además, esto tiene una razón de ser: cuando un niño se encuentra emocionalmente reactivo, está utilizando su cerebro “inferior”, que es más emocional y reactivo. Para lograr comprender, ver la causa y la consecuencia y tranquilizarse, pasando del cerebro “inferior” al cerebro “superior”, que responde, es más racional y calmado, primero tenemos que conectar.

La conexión con nuestros hijos en momentos de disciplina nos permite que el cerebro del niño pase de un estado reactivo a uno receptivo; permite que su cerebro madure, desarrollando herramientas para la vida como la tolerancia a la frustración, la identificación de emociones y la comunicación, y también, permite fortalecer la conexión emocional, mejorando la relación entre padres e hijos.

Antes que nada, aunque sea difícil, como adultos podemos hacer el intento de estar en el aquí y ahora de la situación, comprendiendo el contexto y dejando ir nuestros propios miedos, poco a poco calmando nuestro propio caos. Si nosotros no estamos tranquilos, valdría la pena organizarnos y calmarnos antes de acercarnos al niño.

Cuando estemos listos para conectar de manera consciente e intencional, es clave que tengamos estas preguntas en mente e intentemos responderlas al interactuar con nuestros hijos: ¿Por qué mi hijo se comporta así? ¿Qué hay detrás de la conducta?

¿Cómo puedo comunicarle lo que quiero transmitirle de una manera que nos ayude a los dos?

Con esas dos preguntas en mente, lo que sigue es conectar.

Algunas estrategias para conectar son:

Comunicarnos al nivel del niño: arrodillarnos o sentarnos y verlo directamente o por debajo del nivel de los ojos; tocándolo o acariciándolo de manera amorosa; asintiendo con la cabeza y, sobre todo, transmitiendo empatía y comprensión.

Esto se hace de manera verbal y, sobre todo, de manera no verbal. Darnos cuenta de la emoción detrás del comportamiento: cuando nuestro niño está rebasado, la tentación es quedarnos con lo que ocurrió en el berrinche, el llanto intenso, los gritos y lo que podemos observar. Pero recordemos, somos adultos y podemos ver más allá. Tratemos de identificar la emoción y ayudarlo a hacerlo, nombrando el sentimiento. Podemos no estar de acuerdo con el comportamiento, pero siempre tenemos que validar la emoción, que algo quiere comunicar.

Dejemos de hablar y escuchemos: cuando un niño está reaccionando y en plena ola de la emoción, no va a escuchar nuestras palabras o nuestro sermón. En este momento hay que conectar. Dejemos que el niño hable y comunique lo que necesite, intentando comprender el significado o emoción que nos está transmitiendo.

Reflejarle al niño, como un espejo, lo que nos está diciendo: cuando el niño, directamente, o entre líneas, nos dice que está enojado, triste, frustrado o cansado, podemos mostrarle ese mismo sentimiento de una manera organizada y calmada.

Este esfuerzo comunicativo abre la conversación entre ambos. En ocasiones puedes sentir que tu hijo “escupe” lo que siente y no entiendes qué quiere decir, toma esa oportunidad para “digerirlo” y devolvérselo de una manera que le permita calmarse y entender lo que pasó, sobre todo, entender lo que siente.

Cuando el niño ya está más calmado y abierto al diálogo, es momento de redirigir:

Las preguntas clave: como adultos, intentemos tener claro por qué el niño hizo lo que hizo, qué sucedió en el exterior y en el interior de su mente, qué lección queremos enseñar y cómo podemos hacerlo de la mejor manera. Al explicarle al niño el mensaje, que idealmente es cuando ambos estamos listos, tenemos que ser coherentes, pero no rígidos, recordando su edad y que el desarrollo es un proceso.

 

  • Reparar: Es muy importante darles a los niños oportunidades de reparación, ayudarles a encontrar maneras de pedir perdón y enmendar el daño.
  • Empatía: Al platicar con él, podemos hacerle preguntas e irlo guiando a entender lo que otras personas sentían.
  • Menos es más: Intentemos transmitir el mensaje de manera breve y concisa, utilizando palabras que el niño comprenda, sobre todo, dándole importancia a sus emociones y al significado que él encuentra en su comportamiento.

En fin, no hay una receta mágica que nos enseñe cómo navegar olas emocionales y momentos de caos, pero podemos intentar conectar con nuestros hijos, teniendo en mente que el vínculo es y será lo que nos ayudará a transmitir lo que queremos transmitir, y también, es lo que hará a nuestros hijos aprender de lo que sucede hoy y lo que sucederá mañana.

Fuente: “The Whole Brain Child”- Daniel Siegel “No Drama Discipline”- Daniel Siegel

Sara Bromberg

April 10
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