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El Santuario: una pausa para reconectar

Publicado: 10 de Septiembre 2026
Vida de familia
Foto: Sandy Bleiberg
Foto: Sandy Bleiberg

Hay lugares a los que vas de vacaciones y otros que, desde que llegas, te obligan a bajar el ritmo. El Santuario Resort & Spa, en Valle de Bravo, fue eso para nosotros: una pausa en familia y un descanso real del ruido que acompaña la vida cotidiana, especialmente cuando eres mamá y tu cabeza nunca termina de apagar pendientes.

El hotel se encuentra en San Gaspar del Lago, construido sobre una ladera frente al lago de Valle de Bravo. Su ubicación hace que el paisaje esté presente prácticamente todo el tiempo: el agua, las montañas, la neblina y ese silencio que parece imposible encontrar cuando vienes del ritmo de la ciudad. Algunas de sus suites incluso cuentan con alberca privada y vista al lago.

Llegamos por la tarde y comenzamos la experiencia con una cena show en el restaurante Xian. Fue una manera muy especial de cambiar de frecuencia: sentarnos juntos, disfrutar la comida y recordar que convivir en familia también puede suceder sin prisas, horarios escolares ni alguien preguntando dónde quedó la mochila.

A la mañana siguiente tuvimos un programa enfocado por completo en el bienestar. Comenzamos con una sesión de Morning Energy Flow y después participé en una actividad de pintura terapéutica. No se trataba de hacer una obra perfecta, sino de soltar el control, jugar con los colores y permitir que las manos expresaran lo que a veces cuesta poner en palabras.

Foto: Sandy Bleiberg

Más tarde, Sergio y yo disfrutamos de un masaje para dos adultos. Como mamá, recibir un masaje parece un lujo, pero también puede ser una forma muy concreta de autocuidado: durante cincuenta minutos no había nada que organizar, resolver ni anticipar. Solo estar ahí, respirar y dejar que alguien más se hiciera cargo.

Uno de los momentos más especiales fue la armonización con cuencos tibetanos. Las vibraciones, el silencio y el entorno crearon una sensación de descanso distinta, como si el cuerpo también necesitara que le recordaran cómo detenerse. Entendí que recargar energía no siempre significa hacer algo extraordinario; muchas veces empieza simplemente al dejar de correr.

Foto: Sandy Bleiberg

La experiencia continuó al día siguiente con una caminata meditativa, brunch y una sesión de Flow & Restore. Todo el itinerario estaba pensado para llevarnos poco a poco hacia un ritmo más tranquilo: mover el cuerpo, respirar, comer sin prisa y mirar el paisaje. No como una agenda rígida, sino como una invitación a reconectar.

Y eso fue lo que más me gustó de El Santuario: no tuvimos que elegir entre un viaje familiar y un espacio para nosotros. Pudimos compartir, descansar y también encontrar pequeños momentos individuales. Porque viajar con hijos no siempre tiene que significar regresar más cansada de lo que te fuiste.

No volví con la vida resuelta ni con una personalidad nueva —sigo siendo mamá y sigo teniendo una lista interminable de pendientes—, pero sí regresé con algo que a veces se nos olvida: para cuidar a quienes amamos también necesitamos hacer espacio para cuidarnos.

El Santuario hizo honor a su nombre. Durante unos días fue nuestro refugio frente al lago, un lugar para desacelerar, estar juntos y volver a casa con la energía un poco más llena.

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