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La luciérnaga y la zarza

Cuentos
Foto: Naran Xadul
Foto: Naran Xadul

Una gran luciérnaga de vivos colores partió de viaje para visitar a unos familiares que vivían al otro lado de la comarca. Emprendió el vuelo a la salida del sol, pero en el camino, era largo, y al atardecer se sintió cansada. Decidió pasar la noche sobre una vieja zarza solitaria que encontró en un cerro.

Dibuji: luciérnaga de colores junto a una zarza

La zarza, además de vieja, estaba deshojada y encorvada. La zarza admiró la belleza de la luciérnaga: le gustó su manera de volar y el zumbido de sus alas. La alimentó con sus frutos y le dio conversación hasta bien entrada la noche. Al cabo de unas horas, la zarza se atrevió a hacerle una propuesta: --¿Quieres casarte conmigo, luciérnaga? –le preguntó ilusionada, pero la luciérnaga se hizo la dormida. --¿Quieres casarte conmigo? –preguntó la zarza más fuerte. --¡Qué dices! Estás muy vieja y fea para mí, zarza. Mírate bien: deshojada y encorvada…¿Cómo iba yo a casarme con alguien así? Y, con el primer rayo del sol, la luciérnaga emprendió su camino.

Permaneció con sus familiares varias lunas, hasta que una mañana llegó el momento de despedirse y emprendió el viaje de regreso. La luciérnaga voló por lugares que ahora le resultaban conocidos. Al llegar al cerro donde vivía la zarza, se llevó una enorme sorpresa: la zarza había rejuvenecido y vestía hojas de un verde intenso adornadas con flores blancas. Asombrada por la transformación, se acercó a contemplarla y a saludarla: --¡Qué bonita estás, zarza! ¿Querrás casarte conmigo?

Pero, la zarza permaneció en silencio. --¡Cásate conmigo, zarza! –repitió la luciérnaga, encandilada por el aspecto de la zarza. –No, no me casaré contigo –contestó la zarza. –Al menos, dime qué hiciste para ponerte tan bonita –le rogó la luciérnaga. –Yo no hice nada. Unos hombres me prendieron fuego y con eso me volví joven y bella otra vez.

La luciérnaga vio que, no muy lejos de allí, los hombres habían encendido una fogata. Sin pensárselo dos veces, se acercó a las llamas con la intención de probar el misterioso remedio que tan buen resultado le había dado a la zarza. --¡También yo quiero ser más joven! Pero, apenas la rozaron las llamas, sintió que se quemaba y un profundo dolor la invadió.

Volando desesperada, llegó ante la zarza: --¡Zarza, zarza! ¡Me quemo! ¡Me quemo! ¡Ayúdame! –Frótate con una de mis hojas –le ofreció la zarza compasiva. La luciérnaga se frotó con todas sus fuerzas para apagar el fuego. Cuando pudo contemplarse, vio que estaba toda chamuscada: todo su cuerpo se había puesto ceniciento aunque una pequeña chispa brillante quedaba en la punta de su cola.

La luciérnaga quiso quitarse la chispa y se frotó contra otra hoja, sin conseguir nada. Lo intentó contra una rama e incluso contra el tallo de la zarza… pero, fue inútil. Comprendió que su nuevo color y la chispa de su cola la acompañarían para siempre. Avergonzada por su aspecto, toda raspada y ennegrecida, partió la luciérnaga hacia su casa.

Desde entonces, las luciérnagas tienen ese color negruzco pero, conservan una lucecita en la cola, con la cual iluminan las oscuras noches. Y, desde entonces también, las luciérnagas rondan las zarzas cuando está en flor, con la esperanza de poder enamorarlas algún día.

 

Por: Silvia Dubovoy

Raquel Mendoza

Vie, 12/07/2018 - 17:18
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