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Gritarle a los niños deja profundas huellas difíciles de sanar

Criando con consciencia
Foto: IG @bannortoys
Foto: IG @bannortoys

Cuando terminas con todo tu trabajo, lo único que quieres es jugar y disfrutar al máximo el tiempo con tus hijos; sin embargo, no todo es “miel sobre hojuelas”, porque llegará un momento en el que el niño no hará caso o hará alguna travesura para que salga el primer grito de tu boca.

 

Tal vez hasta cierto punto puede ser normal que pierdas el control y tu respuesta sean los gritos, porque estás cansada, frustrada o desesperada y olvidas que sólo necesita una guía respetuosa para que entienda la situación.

 

Pero, no te das cuenta de todo eso hasta que tu hijo empieza a llorar o ves su rostro asustado, inseguro y desconcertado… Justo ahí es cuando te llega el sentimiento de culpa, el pensamiento de “no debí gritarle”, "la regué". 

 

Y, efectivamente, a los niños no hay que gritarles, porque desde las palabras hasta el tono de voz que usas cuando estás enojada o desesperada, van creando huellas físicas y emocionales difíciles de sanar, las cuales marcarán su comportamiento tanto en la adolescencia como en su vida adulta.

 

¡Gritar es igual a golpear!

 

De acuerdo con un estudio publicado en Child Development, gritarle a los niños es tan malo como golpearlos o castigarlos, ya que aumenta el riesgo de que desarrollen depresión, mal comportamiento, aislamiento, agresión y dificultad en el rendimiento escolar. 

 

Los gritos causan dolor emocional y vergüenza. Además, cuando se vuelven costumbre, te darás cuenta que tu hijo sólo obedecerá por un corto tiempo, pero no los hará entender su comportamiento ni actitudes, y lo único que pasa es que la huella se hace más profunda en ellos. 

 

Pero, espera, antes de culparte o decir no volveré a gritar, debes conocer que tus gritos tienen un origen fisiológico, es decir, cuando te sientes frustrada o agobiada, tu cerebro libera una hormona llamada cortisol o del estrés, y esto provoca que tu centro cognitivo se “apague” y se “encienda” tu centro emocional. (Dejas de pensar y sólo reaccionas a las emociones)

 

Esto mismo pasa en el cerebro de los pequeños; cuando escuchan el grito, sus niveles de cortisol se elevan y sus emociones son las que tratan de lidiar con este escenario. 

 

Entonces, ¿cómo se deben evitar los gritos y cuál es el mejor camino para guiar a los niños?

 

1. Toma un tiempo fuera en momentos de crisis, es decir, cuando estás a punto de explotar y el grito está a punto de salir, lo mejor es que respires profundo y vayas a otra habitación para que te calmes.

 

2. Ponte el oxígeno primero. Darte tiempos para seguir existiendo como persona y disfrutar de las cosas que te gusten hace que seas menos reactiva. 

 

3. Revisa tus creencias sobre que esperarás de tu hijo y de sus reacciones. Si entiendes que es natural que cuando pongas un límite tu hijo proteste cuando llore o grite es mucho menos probable que tú lo veas como amenaza y reacciones gritando. 

 

4. Mantén una buena comunicación con tu hijo, sobre todo para identificar y nombrar las emociones, dile lo que esperas de él y cómo te gustaría que te ayude. 

 

5. Establece límites firmes pero con respeto, y es muy importante que seas constante en el establecimiento de éstos.

 

6. Se vale equivocarse. Cuando pierdas el control y grites, en vez de sentirte culpable y después paralizarte, analiza cuáles fueron los botones que tocó tu hijo y cómo puedes reaccionar para la próxima vez. 

 

Es cierto que al principio será difícil controlar las emociones y más cuando has tenido un día pesado, pero poniendo un granito de arena diario, tendrás un hijo más sano física y emocionalmente.  

 

Recuerda que es una persona pequeña que entiende todo, sólo necesita una guía que le muestre las bases de cómo funciona su entorno, para que él también lo entienda y viva a su manera.

 

 

Fuente: Karen Zaltzman, Coach de crianza certificada por el Parent Coach Institute, Child Development y HealthyChildren

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Consuelo Hernández

Semptiembre 13, 2021

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